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jueves, 14 de noviembre de 2019

RESILIENCIA URBANA Y DESARROLLO SOSTENIBLE

El Marco de Sendai, es el instrumento internacional signado por los 168 países integrantes de la ONU; que se focaliza en la gestión del riesgo de desastres, en vez de en la gestión de los desastres que pretende lograr en los próximos 15 años, la reducción sustancial del riesgo de desastres y de las pérdidas ocasionadas por los desastres, tanto en vidas, medios de subsistencia y salud como en bienes económicos, físicos, sociales, culturales y ambientales de las personas, las empresas, las comunidades y los países (UNISRD, 2015).

Para lograr tal resultado establece un objetivo centrado en evitar nuevos riesgos, reducir el riesgo existente y reforzar la resiliencia, éste objetivo es el de prevenir la aparición de nuevos riesgos de desastre y reducir los existentes mediante medidas integradas e inclusivas de naturaleza social, económica, jurídica, cultural, educacional, política, ambiental e institucional que prevengan y reduzcan el riesgo y la vulnerabilidad a los desastres, aumenten la preparación para la respuesta y recuperación y refuercen la resiliencia.

El Marco de Sendai tiene cuatro prioridades de acción que son:

  1. Comprender el riesgo de desastres.
  2. Fortalecer la gobernanza del riesgo de desastres para gestionar dicho riesgo.
  3. Invertir en la reducción del riesgo de desastres para la resiliencia.
  4. Aumentar la preparación para casos de desastre a fin de dar una respuesta eficaz y “reconstruir mejor” en los ámbitos de la recuperación, la rehabilitación y la reconstrucción.

La palabra resiliencia ahora es recurrente, tal pareciera que se puso de moda en las últimas décadas y, aunque el concepto tiene orígenes en las ciencias naturales, sociales y exactas, actualmente se aplica prácticamente a todos los aspectos de la vida de las personas, incluyendo a las ciudades y comunidades donde habitan.

La resiliencia, tal y como se encuentra definida por el Marco de Sendai, es la capacidad que tiene un sistema, una comunidad o una sociedad expuestos a una amenaza para resistir, absorber, adaptarse, transformarse y recuperarse de sus efectos de manera oportuna y eficiente, en particular mediante la preservación y la restauración de sus estructuras y funciones básicas mediante la gestión de riesgos.

En la opinión de algunos autores sobre resiliencia urbana, se pueden detectar tres perspectivas o dimensiones diferentes como atributos de resiliencia. El primero se refiere a la idea de resistir ante la adversidad; el segundo pone el acento en la capacidad de las ciudades o grupos sociales para adaptarse ante un shock o situaciones de cambio muy pronunciadas pero consideradas negativas no deseadas; el tercero visto desde una visión heurística, supone el carácter transformador que puede asumir la resiliencia urbana donde se resaltan las causas externas e internas que generan el desequilibrio, preguntando quién gana y quién pierde o analizando la intencionalidad de los agentes en un contexto de desigualdad.

Por otro lado, en el contexto de las ciudades, el concepto de resiliencia se encuentra enmarcado tanto por la habilidad de soportar y recuperarse de impactos agudos sean éstos humanos o naturales, o de temas socio-económicos como el desempleo y la población sin acceso a vivienda.

De acuerdo con la evaluación del impacto social y económico de los desastres, de 2000 a 2017 las pérdidas en México se estiman en 9,009 decesos y 512,413 millones de pesos, alrededor de 53 millones de habitantes tuvieron alguna afectación directa o indirecta en su vida, ya sea por la pérdida de su patrimonio o de sus medios de vida, derivado del impacto de algún fenómeno natural o provocado por actividades humanas. En daños a la infraestructura, se contabilizaron casi 1.5 millones de viviendas, más de 38 mil escuelas, así como alrededor de 2,140 centros de salud y hospitales afectados. El impacto económico de los desastres incide de manera directa en el crecimiento y desarrollo del país, por lo que estas pérdidas acentúan las asimetrías existentes en el bienestar social (CENAPRED, 2017).

Ante estos datos, ¿podemos estar hablando de ciudades sostenibles y resilientes?


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