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domingo, 22 de abril de 2018

LA RESILIENCIA ES “VERBO” NO SUSTANTIVO


Por: Henry A. Peralta
Gerente General Soluciones Resilientes
Amparo Velásquez Peñaloza 
Directora Observatorio Resiliencia Territorial
Soluciones Resilientes

Queremos llamar a la reflexión que la resiliencia es “verbo” y no sustantivo, con la intención de motivar en ver, sentir y aplicar la resiliencia como acción. Es necesario , que deje de ser una muletilla de moda con la cual se puedan cubrir o disimular la incompetencia en el hacer, para convertirse en el detonante que  impulse a todos a construir, comprometerse y adaptarse positivamente frente a los retos y cambios de la vida. Que permita provocar establecer nuevos espacios de diálogo para conectar el riesgo y el desarrollo. No como una palabra gastada, mal usada u interpretada, sino como la palabra poderosa que invita a la reflexión-acción, para transformar la relación sociedad-naturaleza y sociedad – sociedad, sobre  la cual se sustentan muchos de los problemas actuales de la humanidad, pero a la vez donde se pueden encontrar muchas de las soluciones.

En nuestro libro “Resiliencia, la clave del nuevo liderazgo del siglo XXI”  hacemos una reflexión sobre el origen de la palabra resiliencia basada en diferentes autores, esta es: “La palabra resiliencia proviene del verbo en la­tín resilio, que significa saltar hacia atrás, saltar nuevamente, rebotar, chocar, caer sobre. También se refiere a la acción de retirarse o replegarse, a contraerse y a acostarse. Resilio a su vez está compuesto por la preposición re y por el verbo salir, que significa saltar, brincar, dar saltos (Blanco, 1952). En latín anti­guo la preposición re, es una partícula inseparable que indica la idea de avance o de retroceso (Nieto, 2000).”
 
Todo en el origen del latín de la palabra resilio (resiliencia) invita a la acción que es avance y retroceso. Al relacionarlo con las tendencias contemporáneas en educación se podría decir que es una invitación a equivocarse y acertar, a permanecer siempre en movimiento y nunca rendirse. Como humanos todo lo queremos “adiestrar” o “domar”, otros dirían reducirlo para comprenderlo y dominarlo.  Esto sucede con las palabras que se llevan a un uso más cotidiano, más rápido y adaptativo del lenguaje. Sin embargo, en ese proceso, el vocablo puede perder su sentido primordial, por ello la resiliencia puede convertirse en un concepto vacío si este no se llena permanentemente de contenido.

Emprendimos la búsqueda de antemano infructuosa, de encontrar el por qué el verbo del la­tín resilio, el cual al pasar al castellano como resiliencia se convierte en un sustantivo y posteriormente se utiliza como adjetivo, “resiliente”, para perder finalmente su esencia como “verbo” al no tener conjugación gramatical. 

Es así que revindicamos la resiliencia como “verbo”, entendido esto como la expresión de acción o un estado en un tiempo determinado. Es pasar la resiliencia de sustantivo a “verbo” para que tenga sentido su uso como adjetivo, ya no desde la validez gramatical, sino desde la práctica misma, del ejercicio mismo de la compresión de la palabra, desde la vivencia que la resiliencia es la vida y no para el desastre.

Una resiliencia en acción que comprometa a la población y a sus gobernantes, no desde una visión operativa, pragmática que impulsa a la acción desde la acción misma, sin reflexión, sin pensamiento. Por el contrario, que guie con propósitos de largo plazo y no como alegremente algunos tomadores de decisiones dicen: “haga, no piense”, a eso nos referimos. 

Otro ejemplo de la resiliencia equivocada es incentivar a la población a hacer  largas filas para recibir unos recursos económicos que los mantienen sumergidos en una especie de sueño y por siempre en el mismo lugar de inactividad, en un contexto de asistencialismo permanente.  La resiliencia invita a potenciar la independencia y  la autonomía de los individuos, así como de las organizaciones y la sociedad en su conjunto.

La creación de resiliencia vista desde un enfoque asistencialista, produce y reproduce sociedades, con personas más  empobrecidas, no solo en lo físico sino en lo psicológico, que atenta contra el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Esto trae como consecuencia hijos sin esperanza y dependientes,  con una perspectiva de vida de invalidez y desamparo, donde los problemas son de otros y no de ellos. Esta es una acción en un marco paternalista que se constituye en un círculo vicioso de exigir sin responsabilidades. 

Como investigadores, académicos y practicantes en resiliencia queremos impulsar una concepción de resiliencia como “verbo” y no simplemente como sustantivo u adjetivo, que invite a la acción para generar realmente una “conmoción social” en favor del fortalecimiento de las capacidades humanas, financieras, naturales, físicas y sociales, para resistir las crisis.

Esta es la búsqueda incansable que nos mueve desde la educación y la pedagogía, que al igual que todos los conceptos impulsados, que permiten gestionar los riesgos de desastres en los territorios y conducirnos a ser no solo sobrevivientes, sino a ser personas que se destaquen por persistir, resistir y permanecerse con dignidad, alegría y confianza en mejores tiempos.

Buscar “encarnar” la resiliencia como “verbo” y con ello en la acción, es "sacarla del  estadio", del lugar cómodo que se le ha asignado como sustantivo u adjetivo. En la actualidad existen programas, planes y campañas que motivan a adherirnos o inscribirnos, para impulsar esta gran causa de ser resilientes. Un ejemplo de esto es el uso de frases como: sociedades resilientes, ciudades resilientes, empresas resilientes, urbanismo resiliente, edificios resilientes, comunidades resilientes, territorios resilientes etc.

Esto toma valor en la medida que al asumir el compromiso con la resiliencia desde cualquiera de los ámbitos mencionados, supere el hecho de solo adherirse o estar inscrito a estas iniciativas, es ser ya resiliente de infracto. De lo que se trata realmente es de llevar la resiliencia a la práctica.  De no hacerlo podemos caer en el error común de “estar pero no estar”, esto es como cuando “uno se inscribe a un gimnasio y nunca va” y perder la oportunidad de pasar de la teoría a la práctica. No solo son las buenas intenciones de participar las que realmente generan procesos de trasformación camino hacia la resiliencia, son los hechos concretos que nos garantizan el éxito del proceso.

Aquí el llamado es a ejercitar el músculo de la resiliencia y para ello se puede hacer uso de una conjugación de muchos “verbos”, que nos llevan a ser cada vez más resilientes y construir el camino de la adaptación positiva en un contexto de una sociedad global  en un clima cambiante. 

Hacer de la resiliencia un “verbo”,  es poner este sustantivo en acción y encarnarlo en los principios de un líder en resiliencia. Donde cada uno seamos líderes de nuestra propia vida para inspirar a otros. “Un líder en resiliencia es un individuo que se conoce a sí mismo, está dispuesto a romper paradigmas, cambiar sus es­quemas mentales y atreverse de salir de la zona de lo conocido hacia la zona de lo desconocido, lo que implica transformar lo que se piensa y lo que se hace. Este tipo de líder en resiliencia no sólo busca su beneficio personal, sino el fortalecimiento de sus grupos cercanos y en ese ejercicio se forma así mismo en un liderazgo innovador y creativo que se anticipa a las ad­versidades.” 

Vista la resiliencia como “verbo” y no como adjetivo, hace que este liderazgo personal se relacione y se comprometa con el entorno y se reinvente desde lo personal para impulsar en otros el liderazgo, innove desde lo local hacia lo global, para transmitir sus experiencias y sin temor, crear nuevas realidades en busca de espacios y territorios más resilientes. La invitación hacia ver, sentir y aplicar la resiliencia como “verbo y no sustantivo”, es el de superar el reto tanto a nivel individual o colectivo, de convertirnos en reales practicantes de la resiliencia.

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