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jueves, 15 de marzo de 2018

A propósito de la epidemia de 1918

Por Raymundo Padilla Lozoya


Este año se debe conmemorar el centenario de la epidemia más global y mortal que ocurrió en el siglo XX. Muy pocos lugares se libraron de padecer los impactos de la influenza H1N1 del año 1918 y en la mayoría de ciudades se reportaron decenas, cientos y miles de muertos. Se calcula que en el mundo perecieron entre 50 y 60 millones de humanos. Ese ha sido el principal interés de diversas publicaciones acerca de este tema, por un lado el impacto demográfico, las rutas de propagación y las respuestas desarrolladas por las instituciones., sin embargo la mayoría han sido estudios de casos particulares.
Pero por primera vez se reúne un equipo de investigadores y estudiantes para analizar lo ocurrido en gran parte de nuestro país, con un marco teórico común, una metodología multidisciplinaria aunque principalmente histórica y temas de interés prioritario. El equipo que encabeza este proyecto se encuentra agrupado en el Seminario permanente de la historia de las endemias, epidemias y pandemias en el mundo Iberoamericano, siglos XVIII-XXI, que es coordinado por el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS) y la Escuela Nacional de Antropología e Historia.
Entre las variables originales que el grupo está incorporando a este estudio nacional se encuentran las condiciones físicas de los sitios, con la intención de identificar diferencia de contagios asociados a distancia de centros urbanos, altitud y alteraciones meteorológicas. Ante un virus que se transmite principalmente por vías aéreas es una hipótesis viable considerar que hubo menos afectados entre los que estuvieron más distantes. Sin embargo no se puede asegurar, porque también es cierto que el estudio de las epidemias en condiciones rurales es muy complicado, porque en los pueblos pequeños y comunidades se carece de datos básicos como un listado de defunciones, diagnósticos y algún tipo de memorias que narren lo acontecido, pero puede haber.
Por el contrario, en los centros urbanos es posible estudiar epidemias porque se dispone de diversas fuentes, principalmente en archivos públicos, en los cuales se revisan fotografías, correspondencia institucional, telegramas, informes, disposiciones, volantes, publicaciones, y otros. No todo lo disponible es útil ni es confiable, porque como ocurre en cualquier área de estudio se debe corroborar información y la autenticidad de los documentos. Se tiene que ordenar al menos cronológicamente los datos casi siempre dispersos entre múltiples fojas. Y en muchos casos es necesario paleografiar o transcribir lo que está escrito en el original para descifrar su contenido. Todo eso conlleva muchas horas de trabajo de escritorio, lectura, análisis, cotejo de datos y redacción de informes u otros productos de difusión y divulgación. De manera muy simplificada, así se estudia un desastre histórico, con metodología y técnicas históricas.
La claridad del enfoque es importante desde la planeación de objetivos y metas, por ello en esta investigación es notable que se requiere una mirada multidisciplinaria para comprender mejor lo ocurrido. En este sentido han entablado un diálogo muy dinámico los historiadores con antropólogos sociales y físicos, etnólogos, demógrafos, epidemiólogos y meteorólogos. Entre las primeras coincidencias se hizo notar que es muy distinto historiar un sismo, una epidemia o un tsunami, porque las fuentes son distintas, el tratamiento de cada fenómeno requiere comprensión profunda y la evidencia histórica es diferente. Por ello la mejor manera de estudiar desastres es en equipo, comparando datos y reflexiones.
Ojalá que algunas autoridades tengan planeado conmemorar esta epidemia que fue un parteaguas en muchas poblaciones y que impulsó la institucionalización de códigos sanitarios y estrategias para enfrentar las enfermedades epidémicas ante las cuales seguimos siendo vulnerables.

* Profesor e investigador de la UdeC. Integrante de REDESClim (Red de Desastres Asociados a Fenómenos Hidrometeorológicos y Climáticos), CTA de la Red Sociedad, Vulnerabilidad y Riesgo, y fundador de ALARMIR (Red Internacional de Seminarios en Estudios Históricos de Desastres).
 

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