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jueves, 9 de noviembre de 2017

¿Desastre o mala estrella?

Parece poca cosa, pero en nuestros días aún se suele confundir el daño con el desastre. Se usan de manera indistinta y como sinónimo, pero no lo son. La raíz del problema se entierra profundamente en cada disciplina y las diferencias de enfoque producen diferencias conceptuales muy serias, evidentes cuando se trata explicar lo sucedido. Según el historiador Gerrit Jasper Schenk la palabra desastre tiene por equivalente en alemán las palabras desaster o unstern, que significan "bajo una mala estrella”. Explica que en las lenguas romances como el francés se refieren a désastre y en italiano a disastro, porque al parecer en el antiguo mundo era común creer que ciertas constelaciones de estrellas eran las responsables de eventos fatídicos para la vida de los humanos. Debemos recordar que en Asia y en el Continente Americano, durante los siglos XV y XVI, los cometas y hasta los eclipses fueron interpretados por las sociedades como fenómenos portadores de malos augurios y presagios malignos de acontecimientos funestos por ocurrir. Así lo hicieron los aztecas antes de la llegada de los españoles conquistadores, como lo documentó el maestro León-Portilla.
Y las coincidencias a lo largo del tiempo se han encargado de reforzar estas creencias hasta nuestros días en ciertos grupos incautos. Esta año 2017, por ejemplo, el 11 de febrero se apreció el cometa 45P/HMP,  el 26 de febrero ocurrió un eclipse anular, el 21 de agosto se presentó un eclipse solar y en septiembre se presentaron en México desastres muy lamentables asociados a distintos eventos como la Tormenta tropical Lidia, el sismo magnitud 8.2, el huracán Katia, el huracán Max y el sismo de magnitud 7.1. La historia condena las coincidencias, sin embargo vale la pena cuestionar ¿cuál era la probabilidad de ocurrencia de un sismo en la Ciudad de México el día 19 de septiembre, durante la conmemoración del sismo de 1985, dos horas después del mega simulacro?. Cotidianamente los gestores de riesgos y desastres se preparan para lo posible, pero esta experiencia muestra que lo menos probable y casi imposible también puede ocurrir. Por coincidencia, mala estrella o por efectos de la naturaleza, los impactos causan daños cuando la sociedad es vulnerable.
Sin embargo durante siglos han perdurado dos añejas ideas fundamentales con relación a los desastres; la primera es que son actos de Dios y ocurren como un castigo divino ocasionado por un dios ante ciertas violaciones a sus códigos de conducta moral. La segunda es que los desastres son actos de la Naturaleza, son inevitables y serán prevenibles cuando el humano controle a la naturaleza. Ante la amplia perpetuación de estos paradigmas, a fines de los años setenta el antropólogo William Torry criticó a los sociólogos Rusell Dynes y Enrico Quarantelli por crear la impresión de que los desastres surgen únicamente como “actos de la naturaleza”. Y citó un par de trabajos donde esos sociólogos afirmaron: “Nosotros vemos los desastres como accidentes de la naturaleza que causan caos social y personal” y criticó que para algunos investigadores, erróneamente, los desastres “surgen dentro del orden de la naturaleza más que dentro del orden del hombre”. Así comenzó desde la antropología una crítica y un debate interdisciplinario que se ha sostenido más o menos constante por varias décadas, sin llegar a un consenso en nuestros días.
*Periodista, historiador y antropólogo, especialista en riesgos y desastres, Universidad de Colima. Email: rpadilla@ucol.mx 

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